“Es el espacio vacío lo que permite que la casa puede ser habitada” (Lao-Tse dixit). Entre el 12 y el 29 de abril de abril, la obra de José Ramón Magallón Sicilia (Zaragoza, 1969) ha habitado con su presencia y sus vacíos, sensiblemente constructivos, la sala de la CAI de Huesca. Una selección de su serie “Ruido vacío orden”, presentada con anterioridad en Zaragoza (4º Espacio de la DPZ) y Valencia (Sala de exposiciones de Ibercaja), sirve para demostrar al público oscense los espléndidos logros de un creador que asume como propio, en lo pictórico y en lo vital, el principio de la incertidumbre, centrando en la idea “metafísica” de vacío el eje de su discurso: “El vacío –sostiene José Ramón- es lo que le da contenido y movimiento a la pintura, es lo que la hace vibrar”.

En efecto, Magallón Sicilia concibe lo pictórico como un medio intuitivo de aproximación profunda a la realidad. Su tránsito por lo geométrico, donde nacen y se desarrollan los sugerentes organicismos que emanan de lo imaginario, busca la surgencia de un pulso vital, de un ritmo de sístoles y diástoles alentado en todo momento por una inquebrantable fuerza espiritual: “El valle y el espíritu del valle nunca mueren. Ambos forman la madre secreta”, nos dice Lao Tsé. La mayoría de las composiciones presentadas en Huesca, tan vibrantes como plenas de serenidad en su resolución final, se estructuran en una urdimbre de bandas rectilíneas de significantes silencios pictóricos, expresivos de ese laotsiano vacío que el espacio exhala sin cesar, de ese silencio trascendente que ocupa nuestra interioridad y es germen y parte sustancial de toda existencia, del universo entero. Algunos de nuestros mejores artistas, como Jorge Oteiza o Pablo Palazuelo, han basado toda su obra en esta reflexión conceptual en torno al vacío: “…Cuando descubrí -sostenía en cierta ocasión Palazuelo- que la geometría es lo que está en el fondo de la vida, que es lo que la construye, ¿cómo iba a pensar que la geometría es fría? ¿Es fría una flor, una semilla, un caracol maravilloso de la playa? ¿Es fría una estrella de mar? La geometría no es fría…”.

Hay una especial calma en estas pinturas, derivada sin duda de la actitud espontánea de un espíritu creativo que parece seguir el ejemplo de aquel sabio oriental que “viviendo, halla la alegría de vivir y, sintiendo, halla el sentimiento”. Como resultado de su vigoroso orden interno, en la producción de Magallón Sicilia se reconoce también una fuerza oculta propiciatoria a “redondear los ángulos y desenredar las marañas” que se diría de raigambre esotérica, una sinergia que tiende a conjurar todo caos, o más bien a integrarlo neutralmente en su discurso. Lo domina todo una armonía que tiende a situar de forma muy explícita las emergencias de lo pictórico, las aparentes contradicciones de lo inconsciente imaginario, en un punto medio de equilibrio, que permite a las formas mantenerse en estado de latencia y al mismo tiempo concretar sus apariencias, acomodarse dialécticamente entre lo activo y lo pasivo, la riqueza y su despojamiento, lo caliente y lo frío, la luz y su ausencia…. Existe un tiempo de expansiva horizontalidad, más o menos denso o dilatado, definido por una rítmica respiración de verticalidades plásticas-no plásticas. Y un espacio, a cuya construcción sutil contribuyen con paciencia oriental todos y cada uno de los elementos “manifestados”, definidos también por la confirmación de sus contrarios, por la obviedad de sus elipsis consustanciales.

Inmerso en un camino muy personal de progresiva esencialidad, Magallón Sicilia limita actualmente su acción pictórica a la conjugación de una sobria gama cromática. Desprovista de vanos ornamentos, resulta una pintura muy depurada que, lejos de remansarse en las tranquilas aguas de la certidumbre, se regocija fluyendo con el empuje y la profundidad de un majestuoso río. De un río que no se limita a “reflejar” de forma pasiva la exterioridad aparente a su paso, sino que cumple el papel eminentemente vital y activo de “contener” o “llevar en su seno” todo un mundo de misteriosas interioridades y relaciones complejas. En las composiciones-río de Magallón Sicilia, el rumor y la fuerza incesante de lo imaginario, impulsado por inescrutables designios, alterado por sensaciones y emociones diversas, concreta su belleza abstracta ante nosotros, dejando tras de sí una estela de conmovedoras sugerencias que nos inducen a su vez a imaginar.

A la comunión imposible entre el fuego y el agua, viene el color a ser un mágico emulsor de insospechado refinamiento. El uso de pinturas industriales, de sprays y cintas de carrocero para crear zonas de reserva, la aplicación contrapuntística de gamas de color puras y ácidas, a menudo sutilmente graduadas o texturadas, sugieren, con una adecuada dosis de fascinador misterio, cada forma protagonista de un espacio propio, o conjuntos relacionados de formas más o menos complejos en espacios de mayor complejidad. Las gradaciones lumínicas elevan en ocasiones su temperatura hasta el estado extremo de lo ígneo, de lo magmático, o nos revelan sus transformaciones bajo los efectos de una especie de luz “cegadora” y al tiempo paradójicamente “fría”.

Un extraordinario oficio demuestra este excelente artista que nos propone, en ritmos diferenciados, una experiencia interior que trasciende el mero esteticismo, en busca de una singular expresión de lo inefable. Una experiencia inconclusa, como todo lo real, que –José Ramón muy bien lo sabe– precisa de la mirada única e intransferible del espectador para llegar a completarse.